Cuando el secreto del amor es más grande que el de la muerte
SALOMÉ
RICHARD STRAUSS (1864 – 1949)
TEATRO REAL
Abril: 11, 13, 14, 16, 17, 19, 20, 22, 23, 25, 26, 28
Equipo artístico:
Dirección musical ……………… Jesús López Cobos
Dirección de escena …………… Robert Carsen
Escenografía …………………….. Radu Boruzescu
Reparto del día 16 Abril:
Herodes ………………………….. Peter Bronder
Herodias …………………………. Irina Mishura
Salome ……………………………. Annalena Persson
Jochanaan ………………………. Mark S. Doss
Narraboth ……………………….. Tomislav Muzek
El paje de Herodias ……………. Jennifer Holloway
Judío 1 …………………………… Niklas Bjorling Rygert
Judío 2 ………………………….. Charles dos Santos
Judío 3 ………………………….. Ángel Rodríguez
Judío 4 ………………………….. Eduardo Santamaría
Judío 5 ………………………….. Josep Ribot
Nazareno 1 …………………….. James Creswell
Nazareno 2 …………………….. David Rubiera
Soldado 1 ………………………. Pavel Kudinov
Soldado 2 ………………………. Kurt Gysen
Un capadocio ………………….. Tomeu Bibiloni
Una esclava ……………………. Adela López García
Libreto de Hedwig Lachmann, basado en la obra homónima de Oscar Wilde
Nueva producción del Teatro Real en coproducción con el Teatro Regio de Turin y el Maggio Musicale Fiorentino
Orquesta Titular del Teatro Real (Orquesta Sinfónica de Madrid)
La idea de llevar a la escena operística la escandalosa obra de teatro de Oscar Wilde (escrita originalmente en francés), sobre el episodio bíblico de la princesa de Judea que, con su erotismo y sensualidad, trastorna de tal modo al tetrarca Herodes que, inducida por su incestuosa madre Herodías, pide y consigue la cabeza de San Juan Bautista, el único hombre que no ha sucumbido a sus encantos, y que produce en ella una misteriosa combinación de repulsa y fascinación, estuvo llena de dificultades, pero fue un triunfo internacional. La ópera –escrita en una fiel traducción alemana de Hedwig Lachmann– contiene momentos de una sensualidad asfixiante, que han sido calificados de “lujuria sinfónica” (como la famosa “Danza de los siete velos”), y está estructurada en un solo acto sin interrupción, al igual que Elektra, con la que comparte una intensidad dramática, una violencia y una modernidad que después alcanzaría Strauss en muy contadas ocasiones. Fue estrenada en la Ópera Real de la Corte de Dresde el 9 de diciembre de 1905, con la soprano wagneriana Marie Wittich como protagonista y bajo la batuta de Ernst von Schuch (aunque previamente se realizó un ensayo general público en La Scala de Milán dirigido por Arturo Toscanini). Una obra en la que, como dice su protagonista, “el misterio del amor es más grande que el misterio de la muerte”.
Salome (1905) supuso la consagración de Richard Strauss como operista tras una importante etapa como compositor de poemas sinfónicos. Después de sus irregulares adaptaciones del drama musical wagneriano en Guntram (1893) y Feuersnot (1901), el compositor bávaro encontró en la traducción alemana de Lachmann de la obra teatral francesa en un acto Salomé (1891) de Oscar Wilde el libreto de su tercera ópera; su unidad dramática y fuerza teatral le permitieron adaptar para la escena los logros de sus poemas sinfónicos y consolidar un nuevo modelo de ópera basado en textos literarios preexistentes denominada Literaturoper que continuarían Zemlinsky (Eine florentinische Tragödie) o Berg (Wozzeck y Lulu) y donde se combinaban la tradición wagneriana con un tipo de canto cercano al habla (Sprechgesang) o con procedimientos armónicos próximos a la atonalidad. La trama de la ópera, inspirada en la historia bíblica de Salomé y Juan el Bautista, se centra en la confrontación entre la sexualidad adolescente de la princesa y la integridad ascética del profeta en el contexto de desenfreno y depravación moral de la corte del tetrarca Herodes Antipas y su mujer Herodías, antigua esposa de su hermano y madre de Salomé.
. Escena 1
La ópera se inicia directamente sin obertura ni preludio; el telón se abre en silencio y vemos una amplia terraza del palacio de Herodes Antipas, tetrarca de Galilea. Un motivo relacionado con Salome, de aire caprichoso y sinuoso en el clarinete, marca el comienzo de la acción: el joven sirio Narraboth, capitán de la guardia, admira la belleza de la joven princesa Salome en la distancia, mientras el Paje de su madre Herodias está fascinado con la luna a la que compara con una mujer muerta. Se escucha un ruido en el salón adyacente y dos soldados comentan que se trata de los judíos siempre discutiendo sobre su religión. Narraboth sigue contemplando a Salome y esa forma de mirarla suscita una terrible premonición en el Paje: “Puede suceder algo terrible”. Interviene de repente la voz de Jochanaan (Juan el Bautista) desde la cisterna donde está recluido; el profeta anuncia la venida del Mesías acompañado por el tono fosco del metal o el sonido sordo de un tam-tam. Los soldados informan a los curiosos de la identidad del detenido y de que el Tetrarca ha prohibido verlo; Narraboth anuncia con excitación que Salome se ha levantado y va hacia allí, mientras se escucha su motivo en los clarinetes.
. Escena 2
La entrada de Salome marca el inicio de la segunda escena; la joven está molesta con las miradas de su padrastro Herodes y con los judíos, egipcios y romanos que le acompañan; respira el aire de la noche y contempla la luna al son de un decadente vals. El Paje reitera su sombría premonición al observar las miradas de Narraboth a la joven princesa; vuelve a escucharse la voz de Jochanaan anunciando la llegada del Señor. Salome se queda fascinada con la voz del profeta y se interesa por saber de él; insiste a los soldados para que le dejen verlo, pero estos le dicen que no es posible. Mientras el Paje persiste en su funesta premonición (“Sé que va a suceder algo horrible”), la joven princesa no duda en seducir al capitán Narraboth acompañada por sugerentes solos de la madera y la cuerda; el joven sirio se resiste a desobedecer las órdenes del Tetrarca, pero al final claudica y le permite ver al profeta.
. Escena 3
Un intenso interludio orquestal sobre los temas de Jochanaan y Salome sirve de transición a la tercera escena. El profeta sale y denuncia los monstruosos pecados de Herodes y Herodias. Salome está impresionada y quiere verlo más de cerca; se presenta al profeta y éste la rechaza bruscamente.
La princesa inicia un himno amoroso hacia Jochanaan, inspirado en el Cantar de los cantares y acompañado por un aire de vals en la cuerda, donde confiesa su atracción hacia su cuerpo, sus cabellos y su boca; el profeta repudia violentamente cada proposición y Salome le recrimina. Sin embargo, la última proposición se convierte en una obsesión para la joven (“¡Déjame besar tu boca, Iokanaán!”), cuyo tema recurrente acompaña la cuerda; Narraboth no puede soportar la escena, se clava un puñal y cae muerto entre Salome y Jochanaan. El profeta pide a la princesa que busque a Jesús acompañado por un motivo solemne en el metal, pero ella continúa con su obsesión; Jochanaan maldice a Salome en medio del clímax de la escena. Un segundo interludio orquestal, donde se confrontan los diferentes temas asociados a Salome y Jochanaan, pone fin a la escena, mientras el profeta regresa a la cisterna ante la desesperación de la joven.
. Escena 4
Estruendos en la madera y el metal junto a reiteradas escalas descendentes en la cuerda acompañan la excitada entrada de Herodes buscando a Salome junto a Herodias que inicia la cuarta escena. El Tetrarca se sorprende del aspecto misterioso de la luna, tropieza horrorizado con el cadáver de Narraboth o cree oír funestos rumores en el viento frío de la noche. Herodias no ve ni escucha nada raro y lo atribuye todo a la neurastenia de su marido o se muestra celosa por la forma en que el Tetrarca mira a su hija.
Herodes ordena que le traigan vino y propone cariñosamente a Salome que beba con él, también le ofrece fruta o incluso sentarse en el trono de su madre; la joven rechaza las tres proposiciones y Herodias se burla de él. Vuelve a escucharse la voz del profeta con metales y tam-tam anunciando la venida del Salvador, lo que provoca un ridículo debate teológico entre cinco judíos que dudan de las palabras de Jochanaan y al que se unen dos nazarenos que las confirman o hablan de los milagros de Jesús. El profeta predice la ejecución de la “hija de Babilonia” y Herodias ordena furiosa que se calle.
Herodes retoma sus proposiciones a la joven princesa (“Baila para mí, Salomé”) ante la continua desaprobación de Herodias. Tras dos negativas que se unen a nuevos funestos rumores del viento o la última intervención de la voz del profeta, Salome acepta bailar para el Tetrarca cuando éste jura darle lo que pida. Se inicia en ese momento la famosa Danza de los siete velos; sensual y exótica pieza sinfónica en varias partes que combina brillantemente los temas relacionados con Salome con otros nuevos.
Al término de la danza, Salome demanda su premio ante un fascinado Herodes: la cabeza de Jochanaan en una bandeja de plata. Herodias se alegra, pero Salome insiste en que la pide para su propio placer. En su desesperado arioso, Herodes le propone extravagantes alternativas: la mitad de su reino, una esmeralda, pavos reales, fabulosas joyas y hasta el manto del sancta santórum; Salome se muestra implacable (“¡Quiero la cabeza de Jochanaan!”); Herodes da la fatídica orden, Herodias se alegra y el verdugo entra en la cisterna.
El Tetrarca retoma aterrorizado las funestas premoniciones utilizando Sprechgesang (“Estoy seguro de que va a suceder una desgracia”), mientras Salome se muestra impaciente; la orquesta acompaña la tensa espera con graves trémolos en pianissimo, un redoble del bombo y un solo de contrabajo emitiendo agudos estertores. Salome no se fía del verdugo, recrimina al Paje o solicita insistentemente la ayuda de los soldados; la intensa progresión orquestal se interrumpe violentamente a excepción del redoble del bombo en el momento en que se muestra a Salome la cabeza de Jochanaan.
Un disonante estallido orquestal donde los violines y la madera vociferan el tema inicial de la ópera marca el inicio del monólogo final en el que Salome colma su obsesión (“¡Ah! ¡No querías dejarme besar tu boca, Iokanaán! ¡Bien, ahora voy a besarla!”); este monólogo constituye un impresionante poema sinfónico con voz donde se recapitulan la mayoría de los motivos de la ópera. La joven contempla los ojos muertos del profeta, su silente lengua, recuerda la belleza de su cuerpo, de sus cabellos o su boca y se convence de que si la hubiera mirado se habría enamorado de ella. Herodes se horroriza al ver a Salome besar la cabeza muerta de Jochanaan, pero Herodias apoya a su hija; el Tetrarca ordena que apaguen las luces y sale preocupado por su premonición (“Va a suceder algo terrible”). Un ostinato del oboe y el flautín con trémolo de la cuerda introduce el final del monólogo; Salome está exhausta y colmada de placer (“¡Ah! He besado tu boca, Iokanaán!”); el motivo recurrente de su obsesión se transforma en un placentero vals que se interrumpe bruscamente con la voz del Tetrarca: “¡Matad a esa mujer!”; la ópera termina con brutales unísonos de la orquesta.

























Magníficas imágenes de esta producción de Robert Carsen, una de las más logradas de esta temporada en el Real.
Muchas gracias.